Un paseo por el Rastro

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Al Rastro de Madrid se desciende geográfica y culturalmente porque es la parte sureña y exótica de la ciudad. Es un entretenido mercado moruno. Hacía mucho que no iba por allí, el paseo fue reconfortante. Voy a contároslo.

Bajando por la Ribera de Curtidores me encuentro con un ruido de tambores; las coloridas ropas de los africanos llaman más la atención que su música. En la esquina junto al bar unos músicos bohemios, con sus melenas descuidadas, tocan boleros mientras guiñan el ojo a las damas. Todo lo que el mundo tiene de revuelto, confuso y diverso se encuentra en el Rastro. Parece como si las mercancías vinieran de unos barcos atracados en el Manzanares; el olor a fritanga se mezcla con el del incienso y de la marihuana.

El Rastro se divide en dos partes: en la zona central de la avenida se encuentran los tenderetes de mercadillo. Estos ofrecen esencialmente ropa, abalorios, juguetes, cacharros de cocina, monedas de colección, láminas de acuarela, etc. En los extremos de la calle, se hallan las tiendas con solera. En ellas se venden antigüedades y decoración de regusto demodé.

Me gustan más las tiendas de solera, como las que alberga el imponente edificio de Galerías Piquer. Me adentro y veo los despojos de todas las épocas pasadas, de las glorias ufanas de los aristócratas. Veo viejas familias arruinadas y extinciones de las castas nobiliarias. Lo nobiliario se percibe en el brillo del pan de oro de los objetos y en las formas clásicas. El Rastro es un cementerio de las épocas, una lección para la vanidad humana. La tienda de las estatuas griegas muestra la eternidad de la piedra: las Tres Gracias parecen sonreírme irónicamente en una mueca fija y eterna. Me aturde el peso de los siglos y salgo de Piquer. En la tienda asiática me abstraigo en los delicados objetos; biombos, porcelanas, guitarras chinas, máscaras, Budas… La paz de Buda me compensa de la insolencia de las estatuas griegas. Hay que intentar alcanzar esa calma del Buda. En el entretenido Rastro, al menos, uno pone distancia a sus preocupaciones.

Cuenta Ramón Gómez de la Serna en El Rastro cómo le conmovió ver en un puesto un traje de luces que había llevado a vender, desesperada, la viuda del matador. El escritor decidió comprarlo para evitar futuras muertes – era un traje que había visto a la venta en varios puestos a lo largo del tiempo-. El Rastro es como la vida, renovación constante y cíclica. Es el rastro que dejamos del paso por el mundo.

Neupic, 15 de agosto de 2016.

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1 comentario en “Un paseo por el Rastro”

  1. Hola, señor Ignacio: lo primero, que como estoy tan mal, no sé si el otro día me dirigí a Vd. como señor Tejada o como señor Calleja en uno o dos tuits (¿no tenía antes MD?) Disculpe si fue así, pero estoy pasando una temporada terrorífica. A lo que iba: yo estuve, muy joven, en una de mis visitas a la capital, en ese pintoresco Rastro, que no creo que lo sea ahora tanto, pues los tiempos cambian a velocidad de AVE. No obstante, su leves y gráciles pinceladas sobre él me han gustado. Comprendo que haya dejado de seguirme en Tuiter si ha leído algunos de mis tuits y retuits. Pero, oiga, no soy un hombre de una pieza, expresión que en Gregorio Marañón adquiere un significado diametralmente opuesto al que le dan otros autores. Sí, en Marañón esa expresión viene a significar “hombre inflexible.” Cosa que yo, al menos, TRATO de no ser. Espléndido fin de semana para Vd.

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A mí que me den la razón

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